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jueves, julio 17, 2008

Vacaciones en Mar Azul [2008]

19/01-02/02/08
Como hay muchas fotos para compartir con Uds., éste será un solo post, pero que será completado por entregas.

Día 1

Nos despedimos de Psycho -como casi siempre, se quedaba al cuidado de la tía Fernanda- con nostalgia anticipada y salimos de casota a la mañana. El viaje hasta Dolores -sin pañales, señoras y señores- fue largo y tranquilo. Allí paramos a hacer pis y almorzar. Lo mejor resultaron las papas fritas, que me encantan. El resto del recorrido se hizo tedioso, lloré un poco de fastidio al promediar y lo único que me permitió sobrellevarlo fueron las canciones de Shrek que escuchábamos por el estéreo.
Nuestro destino es una playa muy linda que se llama Mar Azul y queda a pocos kilómetros de Mar de las Pampas, que a su vez queda a pocos kilómetros de Villa Gesell. Es una zona muy agreste, de frondosos bosques e inmensas playas. Con calles de arena y pocos comercios. Pero, sobre todo, tranquila y con poca gente.
Llegamos avanzada la tarde y enseguida fuimos de compras al supermercado.
El appart Pinares del Mar, donde nos hospedamos -recomendado por mi prima Ornella-, es muy lindo y cuenta con pileta, spa, gimnasio, restaurante (que no funcionaba) y actividades recreativas todos los días. Nuestra cabaña está muy bien, aunque no le anda el teléfono.

Día 2

Hoy estuvo más movido. A la tarde fuimos a la pileta y hasta logré que Papá se metiera conmigo.
Más tarde lo llamamos por teléfono a mi tío Eduardo -que está en San Bernardo, también de vacaciones- y le deseamos un ¡feliz cumpleaños!
Lo mejor sucedió después, cuando me llevaron a saltar, algo que -debo confesar- no suelo hacer ni por asomo. ¡Estuvo redivertido!

Día 3

Un día nublado, pero que igualmente disfrutamos en la playa. A la tardecita, siempre veo una peli en la compu de mi Mamá. ¡Menos mal que la trajo! Papá medio que se resistía, pero tuvo que admitir que se trató de una buena idea.

Día 4

Un día entre extremos: saltando otra vez en la cama elástica y tirado por culpa de un resfrío fuerte en la camota de la cabaña.

Día 5

Un día de playa algo ventoso y nublado, pero aprovechable. A la mañana, me la pasé dibujando al Príncipe Encantador -de la película Shrek II- sobre la arena. Debo admitir que es cierto: ando un tanto obsesionado con ese personaje. Sé que es malo y tonto, pero tiene una espada. Y quien tenga una espada merece la mayor de mis consideraciones.
A la tarde sucedió algo muy interesante: mis Papis querían tomar mate y no mover la cola de las reposeras. Y yo quería... Bueno, no sé lo que quería, pero lo quería ¡ya! En ese tire y afloje, Papá me dio un llamativo permiso para que yo me volviera a la cabaña, solo, caminando 4 cuadras. ¿Me lo estará diciendo en serio?, pensé. Y me iba, ¿eh? Ya me estaba yendo. Decí que Papi a veces es medio sordo y me hacía volver para que le repitiera las cosas, sino me hubiese ido enseguida.

Día 6

La gran sorpresa constituyó la visita de mis tíos Silvana y Eduardo, junto con mis primos Ornella y Mariano, que estaban en San Bernardo, en el departamento del abuelo Tata. Ah, ¡y hasta trajeron a Homero, su perro! Y al italiano noviecito de la nena, Andrea. Uy, sí, qué alegría, menos mal que lo trajeron. Me muero de alegría. Me muero. Punto.
Mi tío preparó un asado riquísimo y mi tía me llevó a jugar al tobogán. Esta vez Homero se portó mejor conmigo: yo le daba de comer y él me daba su patota. Y no me quiso morder ni una sola vez, ¿eh? Después, todos fuimos a la playa a jugar con el mar y la arena. La verdad es que la pasamos muy bien.

Día 9

Luego de una primera semana más que aceptable, llegaron los días feos... y no paran. Llueve, para, llueve, y no se despeja.
Hoy, medio hartos de estar encerrados y de dar vueltas por una ciudad que no está muy preparada para el mal clima, decidimos pasear por Villa Gesell. No nos fue mejor. No me gustó nada-nada. Mucha gente, demasiado tránsito y jueguitos aburridos.

Día 10

El clima sigue sin ponerle ni un poquito de onda a la segunda semana de vacaciones y medio que nos estamos tornando ligeramente nerviosos. Llueve, está fresco o el viento te da vuelta. No hay más opciones que estas y hasta yo me doy cuenta de que así es imposible acercarse a la playa.
Menos mal que contamos con un buen stock de pelis y de chiches, pero mi Papá ya agotó sus reservas de libros. Habrá que hacer algo antes de que el aburrimiento lo desborde. Mientras tanto, me entretengo con la espada de Peter Pan que me regaló mi Papi. Bueh, en realidad es la del capitán Garfio.

Día 11

Hartos de estar encerrados por culpa del peor clima en vacaciones que les haya tocado vivir a mis Papis, a la tarde decidimos arriesgarnos por los caminos de arena para conocer un poquito Mar de las Pampas. Los accesos estaban inundados o con tremendas huellas intransitables provocadas por la gran cantidad de 4x4 que circulan por la zona.
Finalmente llegamos sin demasiados contratiempos, aunque en más de una ocasión temimos quedar atascados en la arena. Por suerte, mi Mamá y el auto pudieron sortear todos los obstáculos.
A diferencia de Gesell, Mar de las Pampas me gustó mucho, pese a que también estaba repleto de gente por culpa del clima. Pero pudimos comprar libros para Papá, un chupetín y un helado para mí, pasear e incluso ir a jugar. Aunque debo admitir que me porté un poquito mal con algunos nenes. Pero siempre pedí disculpas, ¿eh? Travieso como cualquiera, pero educado como pocos.

Día 12

Entramos en la recta final de unas vacaciones que están dejando sensaciones dispares al compás del clima. Pero, bueno, no siempre se logra todo en la vida...
La parte, digamos, positiva, es que ante el desastre meteorológico tuvimos que entretenernos de maneras más dispares. Así fui sumando experiencias nuevas como conocer lugares, juntar palitos (también conocidos como espadas de emergencia), saltar en la cama elástica o huir de los caracoles que trae la lluvia, unos bichos que no me inspiran la menor confianza, pero que por suerte son lentos en materia de persecuciones.
En ese contexto, mis Papis me llevaron a dar una vuelta en caballito por los bosques de Mar Azul. Bah, en realidad se trató de una vuelta a la manzana; pero, como acá todo es bosque...
Mi caballo se llamaba Sufi -o algo así- y, por suerte, se portó muy bien. Mi Papá se limitaba a vigilar que no me cayera, porque un nene era el encargado de guiar a mi noble corcel. Al principio no estaba muy seguro de las bondades de la iniciativa, pero al final no me quería bajar ni a palos y, obviamente, lloré a moco tendido.

Día 13

Cuando ya nos hacíamos a la idea de que no tenía sentido seguir de vacaciones si el clima no colaboraba, Mar Azul amaneció con un sol radiante y una temperatura ideal.
Todo estuvo tan bien que hasta pudimos hacer un poquito de surf y nos divertimos mucho, aunque me la haya pasado tragando agua.
A la tarde, además de barrenar con las olas o torturar escarabajos capturados en una cajita de Tic-Tac, la pasé jugando con Leo, el chico de las sombrillas, que siempre nos atendió con una sonrisa.

Día 15

Un vista del frente del appart donde nos hospedamos y la cabaña donde nos alojamos, con Leo saludando.
Y así cierto día las vacaciones llegaron a su fin. El final tras 15 días variados, con climas extremos, algunas nanas, visitas familiares y nuevos amiguitos. Vacaciones en un lugar nuevo al que no sé cuándo volveré. Lugares que tal vez olvide pronto o nunca, y estas imágenes que compartí con Uds. sirvan como refrescamemoria de estos tiempos... Aquellos tiempos.

sábado, enero 20, 2007

Vacaciones en Puerto Madryn [2007]

20/01-02/02/07
Como hay muchas fotos para compartir con Uds., éste será un solo post, pero que será completado por entregas.

Antes de la partida

Mis Papis ya estaban hartos de Buenos Aires, del trabajo, del clima y de todo lo demás. Como pocas veces, necesitaban huir a un lugar tranquilo. A diferencia del año pasado, estimaban que yo estaba preparado para un viaje largo; o, tal vez, que ahora sí ellos estaban preparados para un viaje más largo conmigo.
La elección -mezcla de lógica económica y conocimiento del lugar- recayó una vez más en Puerto Madryn, provincia de Chubut. Para ellos significaba su tercera vez: la primera, en su postergada luna de miel; y la segunda, cuando Mamá ya estaba embarazada de mí, de cuatro meses.
Los preparativos se prolongaron durante meses. Que encontrar el lugar adecuado -silencioso, y en lo posible más cerca de la playa y del centro que el anterior-, con el precio justo; que arreglar las vacaciones con la abuela Katty y las tías Mirta y Maijo, del trabajo. Por primera vez, iban a cerrar la empresa por vacaciones. ¿La forma de viaje? En avión. ¿Yo me lo bancaría? Sólo Dios podía saberlo.
El avión saldría a la hora de la siesta, lo ideal para que yo la duerma y no produzca situaciones, digamos, inconvenientes. Que grite, que llore y que patalee en público, todo eso que pone nervioso a mi Papá, bah.
Una vez despedidos de Psycho -que quedó al cuidado, una vez más, de la tía Fernanda, como el departamento- con mucho amor, bastante de culpa y mucha nostalgia anticipada por parte de mis Papis, tomamos el remís que nos llevó al aeroparque Jorge Newbery. Hicimos todo el papeleo, despachamos el equipaje y, para hacer tiempo, tomamos algo en el bar. De allí, mirando el río, es esta foto. ¿Por qué esta imagen y no otra? Porque es la del momento, en el mencionado lugar, cuando Mami se dio cuenta de que Papá y yo estábamos vestidos exactamente igual.
Pero, sobre todo, elegí esa foto porque -risas mediante- es cuando los tres nos dimos cuenta de que la íbamos a pasar bien y que somos felices.

El vuelo

En la recta final hacia el avión, un cambio sutil comenzó a producirse en Papá. Mamá y yo pasamos el detector de metales sin inconvenientes. Pero mi Papi...
Cuando algo le preocupa o teme pasar un papelón, él suele ser extremada, exageradamente ordenado, metódico y ordenado. Habitualmente, el ritual de despojarse de los metales le resulta un trámite ágil y expeditivo. Pero todavía Papá no se acostumbra a las dificultades que plantea mi existencia. Tal vez lloré o me retorcí, fastidioso por el lugar o la incomodidad. Lo cierto es que lo distraje. Le rompí su esquema. Así, pese a creer haberse quitado todo vestigio metálico, cada vez que cruzaba el portal mi Viejo lo hacía sonar. Ah, que alguna moneda suelta. Ah, que el llavero. Ah, que el encendedor. Finalmente, los muchachos del control se hartaron y le pasaron el detector manual... Ah, ¡que los cigarrillos! Parece que el papel metálico del envoltorio interior también hace sonar la alarma. A esta altura, mi Papá no sólo estaba colorado, sino transpirando profusamente como terrorista suicida en una mañana de septiembre de 2001.
Superado este escollo y a medida que avanzábamos por la manga, el aire acondicionado fue secando su sudor. Por suerte, el viaje en el bus hasta el avión no presentó mayores inconvenientes. Al bajar y cara a cara con el avión, sacó una foto con el celular, que es la que hoy comparto con ustedes. Por un segundo, él pensó lo que nunca antes: ¿Habrá sido una buena idea? ¿Y si pasa algo?.
Apenas unos segundos después estábamos en un estrecho pasillo, de un estrecho avión, que a mi Papi le resultó aún más estrecho, cargado como estaba con su mochila, la de mi Mami, una campera y el bolso de la filmadora, eludiendo pasajeros que guardaban sus bártulos.
El vuelo partió en horario, pero a mi Viejo esos minutos de espera se le hicieron eternos. Creo que me porté bastante bien, viajando -como lo estipula la aerolínea- a upa de Mamá. De vez en cuando lloré, tuve algún que otro caprichito, quise bajarme para deambular y sistemáticamente pateé el asiento de una señora que viajaba adelante. En esos casos, Mami recurría a las galletitas como santo remedio o Papá hacía lo propio con un kit de chiches de primeros auxilios para situaciones desesperadas que reservaba en su mochila.
Así pasó el viaje de hora y media, entre nubes. Tres minutos antes de llegar a Trelew, el final del recorrido, caí dormido, como si de una broma a mis Papis se tratara. ¡Pero juro que no fue a propósito!
De esto modo apacible transcurrió el que sería mi primer viaje en avión.

El hospedaje

Como no consiguieron alquilar en donde siempre, mis Papis recurrieron a la web, algo que no recomiendan, pues nada nunca es lo que parece. Encontraron un lugar llamado Complejo Los Troncos, cuya fachada conocían y que parecía interesante. Reunía dos características fundamentales: buen precio y mejor ubicación (a 8 cuadras del centro y a 4 de las playa).
Llegados a Puerto Madryn y entrando al departamento-cabaña, mis Viejos se dieron cuenta de que el sitio no era exactamente lo que estaban buscando. El departamento -según afirmaba mi Papá- era sumamente parecido al que tiene mi abuelo Tata en San Bernardo: dormitorio, baño, cocina-pasillo, living-comedor y patio.
Lo mejor que tenía era que nos consiguieron una practicuna para mí, que había TV por cable y que el agua -un serio problema de siempre en la zona- estaba 10 puntos. Lo peor eran sus paredes finas, que no filtraban ningún sonido.
Pero nos adaptamos muy bien. Nuestra vida, como aquí en Buenos Aires, seguía un plan dispuesto para que todos la pasemos de la mejor manera. Para variar, yo era quien primero se despertaba (entre las 7.30 y las 8), haciendo ruido para que Mamá me preparara la mamadera. Papá se reunía con nosotros hacia las 9 para tomar un rico café con tostadas y mermelada, y ya a las 9.30 partíamos con mi cochecito paragüita rumbo a la playa. Un par de horas después regresábamos para almorzar y mirar un poco de tele. Tipo 14, Mami y yo dormíamos la siesta, mientras Papi aprovechaba para leer algunos de sus libros. A las 16 huíamos de nuevo para la playa durante dos horas, más o menos, y de allí se abrían dos posibilidades: ir de paseo por el centro o volver al depto. En casota, nos duchábamos por turno y luego, mientras Mamá preparaba la cena, Papá jugaba conmigo y con el Hombre Araña, a quien hacía trepar por la puerta. A las 10 ya estaba en la cama, junto con mi Mono, dispuesto a leer algún cuentito antes de hacer nonazo.
En el Complejo me hice de varios amigos: Felipe, un vecino con el que no nos dimos demasiada bolilla (porque él era más grande); el gato que aparece en el video y un labrador hermoso, ambos acostumbrados a pedir comida.
Abajo pueden apreciar el plano del lugar.

Si hacen clic sobre la imagen podrán verla en detalle, ¡muy grande! ¡En serio!


La playa I

Durante los 15 días de vacaciones, sólo dos estuvieron nublados; especialmente, el primero, del que les muestro esta imagen.
Si Puerto Madryn tiene una ventaja sobre la mayoría de los balnearios del país, es que sus playas son enormes -pero enormes de verdad-, por lo que difícilmente se llenen de gente. Una excepción -al menos en la zona más céntrica- ocurre los fines de semana. Y éste fue el caso de nuestro primer día en la arena.
De todos modos, la pasamos mejor que bien. Aunque apenas me mojé hasta la cintura, pues estaba un poco fresco, lo más divertido tuvo que ver con los juegos en la arena. ¿Los favoritos? Tres, aunque uno de ellos era divertido sólo para mí.
  1. Hacer túneles y puentes con Mamá.
  2. Tirar arena por el aire y al que le pega le pega.
  3. Pisar los castillos de arena que hacía mi Papá.
Adivinen por cuál me retaban.

La playa II

Había dos caminos -sendas calles laterales- para llegar a la playa: uno horrible, bien como de la Patagonia en los años '40 (ventoso y polvoriento, pues se trata de un barrio nuevo) y otro coqueto y agradable, por donde decidimos caminar cada día rumbo a la arena. ¿El medio de transporte? Al menos para mí, el paragüita; sabia sugerencia de mi Mamá, que nos facilitó la vida durante estas vacaciones. Yendo y viniendo, cada día, me acostumbré a las paradas de mi Mami en la verdulería-almacén o en la pescadería; a las de mi Papá en el quiosco, para comprar cigarrillos; o a las de ambos en un cajero automático en la costanera. Pero, también, aprendí a reconocer -y verbalizar- diferentes clases de vehículos: desde bicicletas, pick-ups, 4x4, colectivos, motos y, sobre todo, las combis, mis favoritas, a las que llamaba Tandis.
Las mañanas en las amplias playas -si la marea estaba baja- resultaban las mejores: poca gente, sol de frente y mucha arena, toda para mí. Debo admitir que no pude resistir la tentación de probar su sabor, más de una vez, pese a las advertencias y retos de mis Papis.

La playa III

El día que ayudé a mi Papá a escribir nuestros nombres en la arena.


Puerto Pirámides

Mamá había visitado la península Valdés en su adolescencia, como mochilera, con algunas de mis tías. Unos cuantos años después regresó junto a mi Papá, en su inolvidable luna de miel. Y el sueño de ambos nació al mismo tiempo: cuando naciera su primer hijo debía conocer Puerto Pirámides.
Con mi llegada a este mundo y los tres estando en Puerto Madryn, el sueño se convirtió en algo muy accesible. Mami estaba decidida a llevarlo a la práctica. Papi no estaba muy convencido acerca de lo adecuado de la oportunidad; pero, como suele suceder dado que se reconoce bastante poco osado, finalmente dio su aprobación.
Se trató de una larguísima jornada; 500 km en 8 horas, la mayoría a bordo de un minibús y en las que me dediqué, en buena parte, a torturar a los turistas que nos acompañaban (la mayoría extranjeros) con mis llantos y gritos. Como debieron despertarme más temprano de lo habitual para comenzar la jornada, a las pocas horas caí rendido. Pero, lamentablemente, lo novedoso de la situación evitó que pudiera conciliar el necesario sueño. El cóctel fue explosivo: sueño, excitación e incomodidad.
No puedo afirmar que la haya pasado mal del todo, pues me gustó el lugar, pero a las 11 de la mañana ya quería volver a casota. Y mi Papá... ni hablar, quería enterrarse de cabeza en la arena. La única que tenía fe era mi Mamá: confiaba en que los siguientes tramos de la excursión, con animalitos incluidos, serían completamente diferentes.

Punta Cantor/Caleta Valdés

Una hora en la ruta no mejoró mi situación. Al sueño, fastidio y excitación se sumó el hambre del mediodía. La leche que había llevado mi Mamá se había agotado, porque mi Papá estimó -mal- que no sería necesaria en tanta cantidad. Por suerte, alrededor del mediodía paramos en Punta Cantor, donde almorzamos y algo me recompuse.
Como había augurado mi Mami, la visión de los animalitos mejoró mi ánimo. De alguna manera, los elefantes marinos me parecieron graciosos; en especial, sus gritos, que enseguida comencé a imitar, aunque me salían tipo Jo-jo de un Papá Noel algo siniestro.
La visión de la Caleta Valdés y sus cormoranes fue hermosa, pero más bella se me hacía la idea de volver a casota lo antes posible. Lamentablemente todavía faltaba bastante para ello.

Caleta Valdés

Cansado y fastidioso -aunque con el apetito saciado-, llegué con mis Papis a la pingüinera de Caleta Valdés y la vista de los animalitos que allí conocí (y cuyos grititos también aprendí a imitar) justificaron plenamente tantas penurias.
Un párrafo aparte para un simpático turista japonés a quien aparentemente le caí muy bien y que no paraba de hablarme en su indescifrable idioma.

Punta Norte

Así seguimos, de aquí para allá, conociendo lugares, subiendo a la combi, apreciando paisajes, bajando de la combi, viendo animalitos, y subiendo y bajando de la combi, todo el santo día.
En la última etapa del recorrido, disfruté de los lobos marinos y los zorritos. Todo muy lindo.
Después, por fin, el ansiado regreso a Puerto Madryn; otra hora y media sobre la combi. Obviamente, como no podía ser de otra manera, recién logré dormirme un ratito -10 km sobre 500- antes de llegar.

Punta Cuevas

De todos nuestros paseos, el que hicimos a Punta Cuevas -que queda a unas 20 cuadras hacia el sur de Madryn- fue, sin lugar a dudas, el mejor. Primero, porque fue a media mañana y yo estaba con las pilas bien cargadas luego de un buen descanso nocturno y un mejor desayuno; segundo, porque quedaba cerca, un detalle para nada menor luego de las experiencias anteriores en materia de excursiones; y, tercero, porque es un lugar donde pude deambular, juntar caracoles, tirar piedritas y curiosear en agujeros varios.
El lugar fue el sitio en el que los colonos galeses que fundaron la ciudad se guarecieron durante los primeros tiempos tras su llegada. Se trata de cuevas talladas en la piedra caliza de los pequeños barrancos que se encuentran al sur de lo que ahora es la ciudad.
Pero lo más lindo ocurre cuando baja la marea. Y cabe destacar que acá, cuando la marea es baja, baja en serio; tan en serio que el mar deja al descubierto -en su retirada- inmensas cuevas que cualquiera puede visitar a pie y sin mojarse ni un poquito.

El final

Por suerte, el último día de vacaciones amaneció con un sol espectacular, por lo que pudimos ir a la playa, admirar un crucero, jugar en el agua y destruir castillos de arena.
La tarde la dedicamos a armar las valijas, ducharnos y preparar todo para el duro regreso a Buenos Aires. Pero, antes de que nos vengan a buscar para llevarnos al aeropuerto, dimos una vuelta por la costanera, presenciamos la partida del mismo crucero que antes, recorrimos el inmenso muelle y conocí un barco de guerra.
Lamentablemente, no hubo tiempo para más. Formalmente, las vacaciones habían terminado. De todos modos, el regreso no sería tan simple. Una vez llegados a Trelew nos enteramos que nuestro vuelo venía demorado. Así, pasaron una, dos, tres horas... Y nosotros ahí, en medio de la nada del desierto patagónico. Por suerte, me dediqué a jugar con mi Papá y unas piedritas que pateábamos lejos, además de disfrutar de la enorme luna.
Al fin a bordo del avión, al apagar las luces caí profundamente dormido y sólo desperté cuando llegamos, para alivio de mis Papis, a quienes les regalé un vuelo tranquilo.
Ya en Aeroparque, lo que más me impresionó fue el brusco cambio de temperatura y humedad con respecto a Madryn. Entonces quise volver, pero ya era tarde.
Por suerte, cuando llegamos a casota, Psycho nos esperaba con mucha alegría.

sábado, enero 21, 2006

Vacaciones en Costa del Este [2006]


21-28/01/06
Durante años, mis Papis fueron de vacaciones a San Bernardo -donde está el departamento del abuelo Tata-, un lugar del que guardan muy buenos recuerdos, porque allí hicieron su primera escapada de fin de semana como novios, festejaron el comienzo del nuevo milenio y también consolidaron su relación. En realidad, ellos suelen pasarla bien en cualquier lado, incluso cuando el clima no ayuda. Pero, últimamente, San Bernardo se ha superpoblado y como sitio para mis primeras vacaciones distaba mucho de resultar ideal: demasiado ruidoso y poco apto para descansar junto a un bebé.
La otra alternativa que barajaron fue Puerto Madryn, un lugar para ellos alucinante al que han ido en dos ocasiones, que reúne todas las virtudes de un centro vacacional, pero con un solo defecto: queda muy lejos y prefirieron evitarme los viajes en avión.
Así llegamos a la opción definitiva: Costa del Este. Aunque bastante caro, el Appart Hotel del Pinar queda cerca de Buenos Aires como para llegar en auto y ofrece tranquilidad, una pileta común y otra climatizada, algo que terminó de inclinar la balanza.
Lo más difícil resultó despedirse de Psycho, que se quedó a cuidar nuestra casota. Una mención de agradecimiento especial para la tía Fernanda, que a su vez se ocupó de atender a nuestro perro.
El viaje en auto fue bastante tranquilo. Creo que me la banqué bastante bien (incluso dormí un par de siestas), salvo durante los últimos 100 km, cuando ya no soportaba más ni el encierro ni estar atado a la sillita.
El lugar es espectacular. El appart ofreció todas las comodidades, aunque la cuna que me proveyeron no contempló mi tamaño: me la pasé rebotando contra los barrotes cada vez que intentaba darme vuelta cuando dormía.
Allí había otros chicos -más grandes y que no daban bolilla- que se la pasaban jugando. Después nos enteramos que, en una enorme casualidad, todos habían nacido de manera prematura, como yo. Pero, hay más: no sólo eso, sino que incluso habían estado internados ¡en el Sanatorio de la Trinidad! ¡Como yo! No se puede creer...
Hicimos de todo: a la mañana iba a la pileta climatizada con Mamá, volvíamos para almorzar y los dos dormíamos una siestota mientras Papá leía y tomaba sol. Luego nos reuníamos todos para tomar la leche, jugar con mis chiches en el pasto y volver a la pileta.
¡Y conocí el mar! Fue lo mejor de lo mejor. Es... es ¡grande! Y el agua... tan rara: va y vuelve, va y vuelve, con cada olita. Yo la quería alcanzar, pero nunca llegaba a tiempo. También jugué en la arena. Bah, mucho no hice, pero lo que más gustó fue agarrarla y dejarla caer. Incluso la probé: y no, no me gustó para nada su sabor.
Quiero ir de nuevo. ¿Falta mucho para que volvamos a ir de vacaciones?