jueves, octubre 09, 2008

Esa noche, ese día


10/05/08
Gracias al Cielo no hay fotos de todo esto, pero creo que este cuadro expresa bastante bien lo que siento.

Noche de sábado, madrugada del domingo.
Doy vueltas en la cama, duermo, sueño. De pronto, una alarma se dispara en mi cabezota para obligarme a despertar.
Abro los ojos. Oscuridad. El ronquido ligero del aire acondicionado es lo único que escucho. Es normal. Todo parece normal. Pero algo anda mal. No sé qué, pero algo anda mal. Debo averiguar qué.
Me levanto. Abro la puerta de mi cuarto y otra puerta se abre al mismo tiempo. Me sobresalto. Miro.
La miro. Es una ella. ¿Quién es?
¿Querés hacer pis, Manu?, pregunta con dulzura.
La voz y la carota resultan familiares. ¿Quién es?
Soy la tía Liliana, adivina mis pensamientos y entonces la ubico: es la esposa del tío Gustavo, hermano de mi Mamá y madre de mis primas Dina y Alma. ¿Necesitás algo?, insiste.
No, es lo único que pienso y no sé si alcanzo a decirlo. Sólo doy media vuelta y regreso a mi camota.
Sí; sin dudas, algo anda muy mal.

Madrugada del domingo.
Doy más vueltas en la cama, duermo mal y tengo sueños feos. Repentinamente, suena esa alarma otra vez y me levanto de un salto. Abro la puerta de mi cuarto con sigilo, pero en esta ocasión ya no aparece mi tía. Camino por el pasillo hacia la habitación de mis Papis. Abro. Otra sorpresa: está mi abuela Katty.
Me asusto. ¡No entiendo! ¿Qué está pasando?
De alguna manera, la Abu logra hacerme acostar.
Duermo, y entre sueños pregunto: ¿dónde están Mamá y Papá?

Mañana del domingo.
Con la abuela a mi lado, todo parece un juego y juntos deshacemos la casota. Vamos a la calle, toco todo -lo que puedo y lo que no-, agarro hojas y palitos, y me compra golosinas. Hacemos tiempo para esperar al abuelo Pichi, que nos va a venir a buscar para ir a ver a Mami y Papi.
¿¡Cuánta alegría!? Mm... psé.

Llegamos al Sanatorio de la Trinidad, donde nací y vinimos tantas veces a hacerme tantos estudios. Por fin, ¡por fin!, aparece mi Papá con una sonrisa demasiado grande y me baja del auto del abuelo. Me pregunta si quiero ir a dar una vuelta.
Caminamos por la vereda del sanatorio hacia el puente sobre la calle Cerviño. El día sería muy hermoso si no fuera porque nada está en su lugar. Para empezar, Mamá, Papá y yo...
Nos sentamos sobre la pared blanca que da al terraplén de las vías. ¿La idea? Ver pasar a los trenes. Nada. Segundos. Palabras de Papi que no entiendo ni me interesan. Minutos. Nada. Por fin, ahí pasa un tren. Uy, ¡qué alegría! Mm... psé. Bueno, ahora pasemos a lo importante: ¿dónde está Mamá?, por ejemplo.
Entonces, comprobando que hoy los trenes no me interesan demasiado, Papá respira profundo y explica todo. En síntesis, que anoche no estaban porque habían venido al sanatorio para que nazca Tomás, mi hermano menor. Y que ahora yo Manu es el mayor y... bla, bla, bla...
Ya no lo escucho. Ya no quiero ver a Mami. Sólo quiero que un hada nos toque en la cabeza para que, de pronto, sea la semana pasada, cuando me festejaron mi cumpleaños, soplamos las velitas y me hicieron muchos regalitos, y yo era lo único importante en el mundo, el centro del universo.
Dios.
En la habitación no estaban Mamá y Papá, es lo único que me sale decir.

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